EL ULTIMO HOMOCIDIO FUE POR AMOR

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EL ULTIMO HOMOCIDIO FUE POR AMOR

Postby ReneMiranda » Sat Feb 27, 2010 6:05 pm

Alegre San Juan Tepezontes

Aquí pareciera que la niebla entra por los poros y embriaga el alma de sus habitantes, quienes siempre sonríen por todo, con todos. Aquí -dicen- hasta el último homicidio, hace 13 años, se cometió no por odio ni por venganza ni por avaricia: por amor. Un amor loco. Aquí por alcalde tienen a un cacique y al cura le dicen "el 4x4".



Daniel Valencia Caravantes
Publicado el 27 de Febrero de 2010

Parecían hormigas espantadas después del grito de aquel gigante. Algunas mujeres brincaron del susto y otras se codearon mientras rieron, nerviosas, tapándose la boca con los pañuelos después de aquel ¡Vengan pues hom´be! Los hombres agacharon la cabeza, como humillados, y restregaron los pies contra el suelo, como esperando encontrar ahí los pedazos rotos del valor que les quebró aquel grito. Había otras risueñas que se escondieron detrás del hombro de sus acompañantes.

Y de repente todos guardaron silencio y pelaron los ojos y pusieron cara como si esperaran otro trueno.

Y aquel hombre no los defraudó, y les soltó tres: -¡Acérquense pues! ¡Hagamos una fila, homb´e! ¡En el desorden no se pueden hacer las cosas homb´e!

Este hombre que grita, cuando la niebla de las 3 de la tarde lo rodea, parece un roble macizo plantado a la entrada de la alcaldía, arropado por ese manto blanco que de a poco, cada hora, se vuelve más espeso. Mide 1.80 metros y desde niño le han dicho “Paquete” por su cuerpo fornido, por sus brazos que hoy parecen yunques y por sus piernas gruesas llenas de carne, como los muslos de los caballos. También tiene unos pulmones como de toro que, sin tapujos, con la autoridad que ostentan desde 1994, dejó salir aquellos tres bramidos que exigieron orden.

Frente a él, aquel grupo de 40 hombres y mujeres todavía reían, nerviosos, y no se formaron en ele casi perfecta sino hasta cuando el alcalde Alirio Candray se sosegó.

-Vaya pue´, vaya pue´… aquí les tengo unas laminitas, unos sacos de cemento y unos tacos de fútbol para los muchachos –dijo, más bajito, el alcalde.

Una hora después, cuando terminó de repartir las donaciones, el alcalde entró de nuevo a su palacio y cerró las puertas de su recámara –que da a la calle-, esa en donde tiene un escritorio que luce, esculpido al frente, la fachada de la alcaldía. Es una copia algo panda esta, que al alcalde todavía le saca rabietas.

-Un chambón me dijo que iba a dejar de lujo esa babosada y mire cómo quedó. ¡Ja, ja, ja! Está chambona, ¿veá? –dice, antes de sentarse en su trono, sosteniéndose la cabeza con ambas manos.

Afuera, aquellas hormigas ya contentas, con los dientes pelados de tanta sonrisa, se llevaron a sus hormigueros las láminas, los tacos y las bolsas de cemento. Y cuando bajaban por las calles empedradas ubicadas a los costados de la iglesia parecía como que desaparecían, porque en San Juan Tepezontes la niebla de las 4 de la tarde se traga todo lo que dista unos 25 metros de quien mira.

Por eso la oficina del alcalde y toda la alcaldía prende sus luces y un vaho amarillento se cuela entre la bruma, de la que sobresalen, colgadas de la pared, las fotografías de la historia familiar y política de este moreno cacique.

Primero están las fotos de don Alirio, su padre, vestido con un uniforme blanco y botas militares, apoyado sobre un fusil checo. Su padre fue patrullero de estos montes, “cuando los patrulleros andaban a píe y siempre que salían traían hasta tres presos”. Luego viene otra del padre con sus siete hijos, en donde “paquetillo”, en el centro, es un niño de unos cinco años vestido con un pantalón con rayas de colores.

Las siguientes fotos, que tapizan toda la pared, son las de Alirio y su carrera política: más joven, cuando ganó la alcaldía; después, posando con el ex presidente Armando Calderón Sol; con el ex presidente Francisco Flores, y una más con el ex presidente Antonio Saca. Luego vienen las fotos de familia, con sus hijos y su primera esposa; y luego una con sus 44 años actuales, con el último retoño de su segunda esposa. Este hombre no anda perdiendo el tiempo y en el pueblo dice que no son dos, sino que son tres las mujeres que lo aman. -Hay una que me gustará enmarcar –dice Alirio- para que todos los que entren recuerden de lo que es capaz la guerrilla.

El alcalde sale de la oficina y unos dos minutos después regresa con la fotocopia de un recorte de un periódico viejo en donde la noticia es el ajusticiamiento del comandante de los patrulleros y de otros dos soldados en la toma que la guerrilla hizo en 1987. Más allá de esta toma, en San Juan Tepezontes no ocurrió otro hecho violento sino hasta 1996, según cuenta el alcalde. Y lo que ocurrió un domingo del 96 –ya nadie recuerda la fecha- fue un homicidio originado ni por el odio político ni por la venganza ni por la codicia: fue por amor. Un amor loco.

*****

Ramón Martínez es el dueño de la voz que sale por el auricular del teléfono; el teléfono lo contesta desde la frontera La Hachadura, el refugio que ha encontrado 13 años después de asesinar a su amada.

Ramón quizá tendrá unos 28 años y ahora es pastor evangélico que predica allá en la frontera, alejado del pueblo que lo vio nacer y que lo vio cometer el último homicidio de San Juan Tepezontes, un homicidio que dicen fue por amor.

Cuando Ramón era un adolescente, trepaba hacia las cumbres de San Juan para pasar una tarde alegre con su amada, la chelita, la colocha, la zarca, la Xiomara. Ella tenía 14 o 15 años; él, 15 o 16. Se conocían de toda la vida, porque son hijos de crianza de La Cruz, el cantón en el que allá por los años 70s, según los más ancianos, se resolvían problemas a punta de machete y pistola. A La Cruz le decían “El Matadero”, “pero todo se calmó cuando vino la guerra”, explica Jesús Candray, uno de los actuales líderes del cantón, uno de esos hombres de la tercera generación de este siglo que cuando niño, junto a su primo -el alcalde “Paquete”-, se desvelaba escuchando las historias de La Cruz que contaban sus padres y sus abuelos.

En La Cruz, Ramón y Xiomara, de adolescentes, jugaron a enamorarse y entre juego y juego se descubrieron novios, cuando en el cantón ya no había matarifes y cuando en las veredas todavía aparecían, desenterrados, los tesoros de la guerra civil.

Uno de esos tesoros, en 1989, dejó a Guillermo Rivas sin hermana menor. Cuando venía con su familia rumbo al casco del pueblo, por una vereda del cantón La Esperanza, la muchachita cometió el error de tropezarse con un cablecito fino como el hilo de telaraña. Con la explosión, Silvia, de siete años, se multiplicó en varios pedacitos y ni tiempo tuvo de gritar nada. Después de aquello, Guillermo se volvió alcohólico, porque quería mucho a su Silvita. Hoy Guillermo dice que ya dejó de beber y es de los que cuentan que entre 1987 y 1990 a San Juan Tepezontes subían, pasando por La Cruz, los guerrilleros que iban en busca del alcalde Toño Quinteros, tío del hoy ministro de Obras Públicas Manuel Orlando Quinteros (Gerson Martínez) para secuestrarlo solo porque era del Partido de Conciliación Nacional. ¿Secuestrarlo o matarlo? El anciano don Toño dice que no es de los que se quedan para despejar ese tipo de dudas.

Quizá en una de esas subidas de la guerrilla, esta dejó regada la miga de su arsenal bélico con el que Ramón asesinó a Xiomara.

Jesús Candray, que también recuerda la toma y las guindas del alcalde Toño, dice que al final de los 90s encontraron debajo de La Cruz, cerca del río Jiboa, un tatú con armamento que se entregó a la policía. Y a la mitad de esa década, nadie sabe ni cuándo ni dónde ni cómo, Ramón encontró una granada que guardó con recelo durante varias semanas.

De novios, Ramón y Xiomara eran una pareja que caminaba agarrada de las manos por el pueblo, rumbo a la calle adoquinada que se despide del casco, después de varias cuestas, y se introduce en la calle empedrada que lleva hacia La Cruz. Ramón llegaba todos los días a traer a su Xiomara a la escuela pública, esa que está a la entrada del pueblo, frente al cementerio. La muchacha era de las estudiantes más bonitas y tenía la gracia de ser amigable, amable con todos, y colaboradora con todo mundo, según cuenta el que era su profesor, Héctor Gómez.

Fue la desgracia, según corren hoy los rumores, que a Ramón un demonio le susurró cizaña al oído, y le decía que a la chelita se la iban a quitar porque ella quería un futuro fuera de los cerros. La chelita, dicen, ya no quería vivir en San Juan, entre los cafetales o maizales o frutales. La chelita se imaginaba en San Salvador, en donde tenía alguna familia, y a ese viaje no podía llegar Ramón, que como varón de pueblo, tenía que dar la cara por su mamá y sus hermanas.
Un domingo de 1996 –dice Óscar Menéndez, cuñado de Ramón- el joven estaba como inquieto, ayudándole a repellar una de las paredes de su casa. Hablaba solo, dice Óscar, mascullando unas palabras que no alcanzó a entender. Óscar se asustó porque de repente Ramón se le quedó viendo raro, como hipnotizado, y le dijo:

-Me voy con la Xiomara.
La muchacha vivía en una casa con paredes de barro ubicada debajo de la empedrada que lleva a la recién construida iglesia católica de La Cruz. A Óscar le pareció raro que Ramón le dijera aquello porque salió en dirección contraria: rumbo a su casa. Óscar solo sospechó lo peor cuando una hora después, a las 11 de la mañana, escuchó una explosión que lo hizo brincar, por el susto, como grillo.

Minutos después de la explosión, Ramón entró a la casa de su cuñado bañado en sangre, con los brazos hechos cuero y rogándole a Óscar una sola cosa:
-Llevame al Salto, ¡tirame! Que así ya no quiero vivir más.

-¡No jodás! –lo reprendió su cuñado-. Hoy resignate.
Ramón quería ir al Salto –una pendiente de unos 40 metros en donde termina la vida de un riachuelo que baja desde el cantón La Esperanza- para consumar aquello que la granada no hizo. Quería tirarse, porque se le murió la Xiomara y porque él no se murió con ella, y de castigo quedó manco de por vida.

Lo que presume Óscar –y la mayoría en el pueblo- es que algo se dijeron durante casi una hora Ramón y Xiomara porque el muchacho terminó abrazándola por detrás, juntando sus manos en el vientre de ella. Entonces, convencido por aquel susurro demoniaco que le convirtió el amor en un una locura enfermiza, Ramón le quitó el seguro al explosivo que había sacado de su casa y ahí perdió la vida su Xiomara.
-Mejor déjemelo así, que esos son temas sentidos –dice Ramón por el auricular del teléfono, cuando le pregunto por el incidente, para tratar de entender, de boca del autor de la única anormalidad en este pueblo, por qué en San Juan nadie mata a nadie después de lo de Xiomara.

Óscar recuerda que ya me había advertido que difícilmente Ramón iba a querer comentar algo.
-Le dije que no le iba a decir nada. A él ya no le gusta hablar de estas cosas -dice Óscar, desde la glorieta que sirve de mirador, ubicada en la cima de San Juan, a la par de la iglesia.

*****
El jueves por la tarde, después de platicar con el alcalde, este me dijo que esperara en esa misma glorieta en donde el cuñado de Ramón me contó la historia de la granada. Me dijo que me fuera de su despacho porque como que se cansó con tanta preguntadera sobre la tranquilidad que se respira en este municipio.

-En esa glorieta –dijo-, siéntese a esperar a que la gente salga de la misa y pregunte por doña Estela Beltrán. Ella se sabe mejor todas las historias del pueblo y ella puede tener las respuestas que anda buscando.
Así que después de platicar con él salí a esperar a Estela, sentado en la glorieta desde donde se ve –dicen, cuando es época seca- hasta la espuma del mar y a los aviones aterrizar allá a lo lejos en el aeropuerto. Hoy no se ve más que niebla, esa que seguro alimenta a los cultivos de donde salen los frutos que venden en los cuatro chalés ubicados entre la alcaldía y la iglesia.

Todo parece estar fresco en este pueblito de montaña al que solo le falta un poco de inversión y creatividad para convertirse en atractivo turístico. Aquí hay un recibidero de café, vestigio de un gran cafetal que ahora la familia Beltrán domina con 800 a mil sacos por temporada –según el alcalde-; en San Juan también hay frutales, milpas y “más de 400 cerros” –eso significa “Tepezontes”-. El alcalde dice que quiere fomentar el turismo, pero se ha movido más el dueño de la casa que alquila la Policía Nacional Civil, por mucho una de las construcciones más bonitas de este poblado. Es una especie de cabaña, con acabados de madera en todas las habitaciones y una librera imponente que sobresale de la pared. Con este clima, con esta tranquilidad y con esta delegación, dan ganas de enlistarse en la policía. Además -y sobre todo- porque los dos policías por turno se la pasan dando charlas y descansando en la cabaña que tienen por sede, porque aquí es raro que pase algo. Cuando llegué a la delegación, la agente Rosalba Molina planchaba su uniforme del día siguiente a las 3 de la tarde del viernes.
-Es que aquí es bien tranquilo -me dice.

La delegación está en la punta de una cima adoquinada que conduce a las colonias del barrio El Centro y que en su base tiene una bifurcación que conecta de nuevo con la alcaldía y la iglesia. Todo el casco urbano de este municipio está conectado y lleva a un solo lugar: al amplio parqueo de la iglesia, que gobierna con su edificio de dos plantas la punta de este cerro.
Por ahí apareció, el día anterior, saliendo del portal de la iglesia, la anciana Estela Beltrán. Ella se extrañó cuando la saludé, pero igual me recibió con una sonrisa.

-Véngase a mi casa –dijo, cuando le conté de mis intenciones.
Siete parroquianos me habían dicho –incluido el alcalde- que era esta una señora de cuidado, huraña, enojada. A mí me pareció que Estela Beltrán es una anciana que viste pantalón y calza tenis. Ya camina lento y pide ayuda a alguna otra ancianita del pueblo para que le sirva de bastón mientras baja la empinada.

Su casa, que en realidad es una casona, contrasta con el mar de casitas que hay del otro lado. Estela es “latifundista”, me había dicho el alcalde. Ella dice que se dedica a la tierra, al café, al ganado y a los lácteos.

En la recepción de la casa de Estela hay un grueso escritorio de madera en donde sobresale una presumida silla que parece trono de patrón de hacienda. Hoy es silla de patrona, porque Estela enviudó hace ya varios años y sus hijos solo la visitan los fines de semana.

Mientras platicábamos, apareció Guillermo Rivas, contando la anécdota de su hermanita y del ex alcalde Toño Quinteros y del “cutillo” Ramón Martínez. También apareció un peón que descargó dos bidones de leche recién ordeñada que más tarde se convertirá en queso, crema y cuajada. Apareció también la criada de Estela, una muchachita que se sabe de memoria los precios de los lácteos, y también se asomaron, con sus narizotas y sus ladridos, los perros Coqueta y Bruno. La primera, una huskey siberiana, y el segundo un pitbull.

-Todos ellos duermen aquí, para cuidarme –dice la anciana.

-Para cuidarla de qué, ¿si aquí es tan tranquilo?

-Ahí andan algunos rateritos, pero sí es tranquilo. ¿Sabe por qué? Porque aquí es pequeño, todo mundo se conoce, la mayoría son católicos y estando tan cerca del cielo pecado sería andar haciendo el daño al prójimo -suelta, entre risas.

Aparte de los rateritos, solo hay una cosa que preocupa a Estela: que el alcalde Candray y el cura 4x4 no se pongan de acuerdo.

-Si los dos son líderes aquí, pero viera que no se llevan bien. ¿Ya habló con el cura? Es tan linda gente. En todo anda. Es todoterreno él.

*****
Lleva botas de vaquero, unos jeans ajustados, una camisa pintada con cuadros de colores -con las mangas dobladas cerca de los codos- y un sombrero como de pescador, color azul. Entre la neblina, bajo la luz de una lámpara, toca, por las noches -todas las noches-, su guitarra, para calmar el alma de los muchachos del pueblo que lo admiran y respetan.

-¡Siga, padre, échese otra! –le gritó uno la noche del jueves, mientras la neblina comenzó a molestar con su manto helado.
El padre 4x4 atendió el llamado y tocó aquella que le evoca a su héroe, a monseñor Romero. “Yo te digo…”

-“Camarada” –siguieron los muchachos del coro.
De verdad que entre 6 de la tarde y 7 de la noche, con la neblina gobernando todo y la luz de las lámparas dando al pueblo un color como anaranjado, da gusto este pueblito de montaña en donde todos los hombres suben a refrescarse después de las faenas en la milpa, en los cafetales o en los frutales.

También a esa hora llega el último autobús que escupe, molidas, a las mujeres que regresan de las zonas francas de San Marcos, a donde salen a cosechar todos los días hilos ajenos y telas de exportación. Y entonces todos se encuentran frente a la iglesia y compran atol shuco o alguna que otra papita frita en los chalés, o la fruta o café o tamales o pupusas o cualquier otra chuchería que produzcan las mujeres del pueblo.
Y desde aquella esquina con columpio y deslizadero, los acordes del cura 4x4 endulzan los oídos de todos, mientras parejitas de novios se esconden detrás de los muros de la iglesia o se abrazan en la glorieta que dicen tiene vista al mar.

-A este municipio hay que rescatarle la cultura para que se vuelva un referente turístico -me dice el padre William Menjívar, aquí llamado el “todoterreno” o el “4x4”.
Estela –como me sugirió el alcalde Paquete Candray– me había dicho horas antes, como otra posible respuesta, que el pueblo es tranquilo porque aquí está el mejor cura de todos, que guía al poblado como rebaño del Señor. Pero hay algo que no concuerda con esa versión, porque este joven sacerdote apenas lleva año y medio en San Juan Tepezontes y él todavía no encuentra más razones que las primeras que dio Estela para explicar el fenómeno: que aquí todos se conocen, que es pueblo pequeño, que la neblina es “enviada por Dios para apagar los odios que consumen el alma”, me dice, riendo.

El padre 4x4 nació en Zacatecoluca, la cabecera de este departamento que entre 2001 y 2008 ha sido de los más violentos del país, a diferencia de Tepezontes, que no reporta ni un homicidio desde 1996. La policía dice que Zacatecoluca, la cabecera de este departamento, está dominada en un 98% por la pandilla 18. Hace 12 años, cuando William era un joven de 18 años, estuvo a punto de convertirse en pandillero porque sus amigos de la colonia Ichanmichen también lo eran. Lo que pasó luego es que un sacerdote que se había fijado en él lo invitó al seminario San José de la Montaña, en San Salvador, y el muchacho, a regañadientes, aceptó. Después de tres meses de incertidumbre y de un “socala, que ya estás ahí” -que le soltó su cura guía-, terminó quedándose siete años hasta que se consagró. Ahí aprendió cuestiones filosóficas, teológicas y a tocar la guitarra, esa con la que encanta a los jóvenes que lo admiran y a los pobladores que lo respetan.
Antes de llegar a San Juan estuvo dando misa cinco años en la parroquia de San Antonio Masahuat, y cuando llegó al pueblo se encontró con un alcalde cacique con el cual, a la fecha, no ha logrado congeniar.

Dice el sacerdote –el alcalde lo niega- que cuando llegó se encontró con una juventud perdida en el vicio del alcohol, ese que se ha convertido en su principal tema en las homilías: “Madres, padres, eduquen a sus hijos y aléjenlos de los vicios, de las influencias extrañas”, repite el padre, mientras su sermón se escucha en todo el caserío gracias a unos parlantes dispuestos en la cúspide de la iglesia.

El padre 4x4 le critica al alcalde Paquete lo que considera una contradicción: que instruya a los muchachos en el deporte y la recreación para luego corromperlos con la celebración. Dicen varios pobladores –corroborando la versión del cura- que el alcalde, después de los partidos de fútbol, se lleva a los muchachos a celebrar con cajas de cerveza. El alcalde niega estas acusaciones.
-El pueblo es sano gracias a mi intervención con el deporte y a la sana recreación que hemos dado desde 1994.

Otra de las quejas del cura contra el alcalde es que este y su concejo se burlan del pueblo, dañando la integridad de todos. El cura se refiere al “cancionero Tepezonteño” y al “ABC tepezonteño”, dos secciones de la revista municipal que se publica cada noviembre, con motivo de las fiestas patronales. Ahí, el alcalde, desde 1994, ha publicado los chambres más picantes o las comidillas más curiosas que durante dos meses anda cazando de puerta en puerta uno de los funcionarios de la comuna.
“A - Alcancía, la que le güevió Cono a la Nuria y por eso lo encadenó”, inicia el abecedario de 2006.

“C - Campolón vigor hombre, el que consume Tancho para mantener alegre el pajarito”, dice otro.
“P - Pispileada la que le agarró al comisionado Godínez frente a las cámaras de televisión”, continúa, más adelante.

El comisionado Godínez es el comisionado Godofredo Miranda, sobrino de Carlos Miranda, el anciano que hoy está preso, a la espera de un juicio por el secuestro de su nieta Katya Miranda, horas antes de que esta apareciera violada y muerta en una playa de Los Blancos, el 4 de abril de 1999. La familia Miranda es de San Juan Tepezontes, y aquí, desde el alcalde, pasando por Estela hasta llegar al cura, defienden su causa y aseguran que ellos no pueden ser culpables de lo que los acusan, porque son buena gente, gente querida.
El padre, que llegó tarde como para encariñarse de la familia Miranda, respalda a su pueblo cuando este dice que los Miranda son tepezonteños como cualquiera. Y como cualquiera, según el padre, significa que tiene los pulmones llenos de este aire que al caer la noche –y al despejarse durante la mañana- se mezcla con una neblina que lo cubre todo. Todo.

-Yo siempre he sospechado que esta niebla tiene algo, pero a saber qué será lo que pasa aquí.
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Re: EL ULTIMO HOMOCIDIO FUE POR AMOR

Postby foncho azucena » Sun Feb 28, 2010 11:13 am

Nombre;A Pesar De La Cruda,Hoy Bati Record.Nunca Leo De Un Tazon Tanto,y Hoy Me Heche Esta Bonita e Interesante Historieta Completita.Gracias Rene;Por Entretenernos Con Bonitos Temas.Cuidate,Byeeeeeeeeeeeeeeee
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